Alguien, con un taladro,
perfora el aura de mi mejor aliada,
la inmóvil muñeca roja.

“Mi cabeza se ha ido”, dijo,
infectada de algún anticuario.
Pero no,
se equivocaba igual que su madre,
santa muñeca rusa.

Difunta, profunda,
fomenta y simiente profusa,
fecunda de perlas suaves.

Se alimenta de una especie
de burbujas de odio
que, incendiadas,
la enamoran de a gritos.

Mi cabeza se ha ido,
pero no,
permanece donde siempre estuvo.
Mi cielo, donde siempre estaba.

Tu cabeza, mi adorada niña, tuya
de difusas cintas rojas,
permanece y pertenece a donde estuvo,
a donde estaba.
Crucifica a donde estalla.

Sus botas son de siete leguas
de largo, de noche y de gala.
De once varas sus camisas,
la talla que mejor le calza.

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