El perro estaba entrenado, estaba educado a detectar la droga,
de olfato muy delicado buscó en todos lados moviendo la cola,
ya estaba muy enviciado a la goma de amapola.


Ernesto estaba calmado, sentada a su lado su novia Julieta,
el perro desesperado algo había olfateado en la camioneta,
ordenó el uniformado pásenle a aquella caseta.

En la segunda inspección, Ernesto paró la troca,
Julia de mi corazón haber de a como nos toca,
será nuestra perdición si el perro huele la coca.

Aunque era domesticado, ya necesitado aumentó su bravura,
brincó al asiento ladrando, furioso rasgando ya la vestidura,
y empezó a tragar bocados de la cocaína pura.

El Can ya descontrolado, pues se había pasado su furia era tanta,
con el hocico babeante, de aquel vigilante buscó su garganta,
ahí se murió sin soltarlo, como divina venganza.

Se formó la confusión, los otros perros aullaron,
Ernesto se aprovechó, de que nadie los cuidaba,
corriendo se regresó, dejó la troca olvidada.

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